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Los testamentos
Margaret Atwood (Autor) · Hipertexto SAS. · Tapa Blanda
1 opiniónQuedan más de 100 unidades
24,51 €Mi opinión honesta resulta bastante tibia, y creo que conviene decirlo sin rodeos. Los testamentos es una novela competente, veloz, generosa con el lector, y precisamente por eso traiciona lo que hacía formidable a El cuento de la criada. La primera novela debía su fuerza a la ignorancia de Offred. Ella no sabía cómo funcionaba Gilead, no sabía qué ocurría fuera de su cuarto, no sabía si su hija vivía, y el lector compartía esa ceguera con una intimidad casi física. El manuscrito llegaba mutilado, la voz se interrumpía, y el epílogo académico dejaba abierta la pregunta por el destino de quien narraba. Atwood construyó allí una máquina de opacidad, y la opacidad producía el terror. La secuela hace exactamente lo contrario. Explica Gilead. Nos entrega los organigramas, las intrigas internas de las Tías, la corrupción de los Comandantes, los mecanismos de reclutamiento, la logística de la resistencia. Convierte un régimen que aterraba porque lo desconocíamos en un aparato inteligible que, una vez inteligible, se vuelve derrotable. Y en efecto lo derrotan, con una operación de contrabando de documentos que funciona como thriller juvenil correcto y que resuelve en clave de trama lo que la primera novela había dejado como herida abierta. Gilead deja de ser una condición y pasa a ser un problema con solución. Lo mejor del libro, con diferencia, es Lydia. Atwood escribe ahí algo verdaderamente incómodo, la biografía de una jueza que colabora, que tortura, que sobrevive gracias a la crueldad, y que construye durante décadas una venganza minuciosa desde adentro. Esa voz sí sostiene el peso moral que la novela promete, porque plantea la pregunta que importa, si la complicidad prolongada puede redimirse mediante la traición final, o si Lydia simplemente escribe su propia absolución. Cuando la novela permanece en ese registro, funciona. Cuando pasa a Agnes y a Daisy, se instala en un tono de aventura adolescente que el material no merece, con dos narradoras cuyas voces apenas se distinguen entre sí. Sospecho, además, que el libro responde menos a una necesidad literaria que a la presión de la serie televisiva y a la conversión de Gilead en símbolo político disponible. Atwood escribió una respuesta a sus lectores, no una continuación de su propio problema formal. El Booker de ese año me parece un premio a la trayectoria y al momento cultural, no al texto.
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